Mi lugar en este mundo: Los nueve propósitos existenciales de la arquitectura

Por: Danna Paola Ponce Páramo, alumna del primer semestre de la licenciatura en Arquitectura, Urbanismo y Sustentabilidad UNLA.

 

El primer lugar que existe soy yo misma, y este se conecta con mi espacio, que es mi habitación; un espacio en mi casa diseñado para dormir y descansar y que ahora comprendo que no solo es una construcción, sino que tiene un significado más profundo al analizarlo bajo los nueve propósitos existenciales de la arquitectura, propósitos contenidos en el modelo de interpretación de la significación existencial del espacio arquitectónico —un modelo propuesto por los investigadores Enrique Paniagua Arís y Juan Roldán Ruiz, de la Universidad de Murcia— y que es base para la interpretación y reflexiones sobre mi propio espacio, lo que da origen a este ensayo:

 

Cuando entro a mi habitación me sitúo en ella y me amparo del mundo exterior, del que me resguarda y protege. En esta, me asiento tomando un sentido de pertenencia, consolidando acciones que tejo diariamente y tengo memorias inmensas de todo el tiempo que he vivido, así como del registro del cambio en mis rutinas. A mi habitación la entiendo como un espacio donde pertenezco, un lugar en el que yo no escogí algunas cosas, como los muebles, pero que se volvió mío gracias a cómo lo decoré: desde el color de la pared, que refleja un tono que me da calma, o los cuadros que pinté algún día, y hasta los objetos que guardo, mismos que reflejan muchos recuerdos.

 

 

Es así que interiorizo con mi espacio, porque me permite recogerme, pudiendo alejarme del mundo exterior, ya que hay ocasiones en que solamente quiero llegar a este y no pensar en nada, o estar a solas en un espacio de confianza para pensar sobre mi vida en los tres tiempos: presente, pasado y futuro, buscando conocerme a mí misma. Esto me hace abrirme al mundo, pues parto de un espacio seguro que se vuelve también un recordatorio de lo que hay más allá: veo salir el sol y cómo se oculta, así como la lluvia y los relámpagos; veo el mundo todo a través de mi ventana, aunque este… pareciera no verme a mí.

 

Por otra parte, si pienso en cómo me alza mi espacio en algo de gran trascendencia, es en ese momento de la tarde donde este se transforma y cambia a una temperatura más fresca, y que a través de la ventana puedo ver una luz más anaranjada y acogedora, lo que me conecta con la belleza que posee la naturaleza. Estas sensaciones me llevan a pensar que el propósito existencial que tiene mi cuerpo es profundo, pues al mismo tiempo que está arraigado al suelo de mi casa, a la vez se expande, porque no solo se trata de una habitación, sino que es un espacio de mi mundo, del que me apropio y en el que está todo lo que me gusta y me pertenece.

 

 

Por último, mi habitación ordena el cómo yo habito en ella; nada es casualidad: las proporciones y distribuciones, los desplazamientos y ocupaciones, están pensados para poder dormir y moverme en mi cuarto, lo que me permite cubrir mis necesidades más básicas y mis deseos más profundos.

 

Con estos nueve propósitos, mi habitación es un espacio que va más allá que solamente cuatro muros y algunos muebles; es un espacio en el que se interactúa, que forma parte de mí y que es un centro donde me reconozco, me sitúo y pertenezco. Es el espacio donde he pasado mucho tiempo de mi vida buscando conocerme a mí misma, y lo he moldeado de acuerdo con lo que pienso y lo que siento, a lo que me gusta y me hace ser. Es una protección, es el refugio que me da un lugar en este mundo.

 

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