Publicado el 2025-11-14 en Doctorado

Cuando el reto se convierte en aprendizaje

Por: Mtro. Raymundo Herrera Pérez, estudiante del Doctorado en Ciencias Administrativas UNLA.

 

A veces, las grandes decisiones de la vida llegan sin buscarlas. En mi caso, la oportunidad de obtener una beca fue el impulso que me llevó a iniciar el Doctorado en Ciencias Administrativas en la Universidad Latina de América (UNLA), una etapa que —sin saberlo— se convertiría en uno de los mayores desafíos y aprendizajes de mi vida.

 

Desde el primer día comprendí que este camino exigía compromiso total. Aprendí sobre investigación como en ningún otro espacio académico, enfrentando cada reto con curiosidad y determinación. Descubrí que la constancia y la disciplina son tan importantes como la inspiración, y que los resultados no llegan de inmediato, sino como fruto de un esfuerzo sostenido.

 

Tuve la fortuna de contar con profesores de primera calidad, de esos que no solo enseñan, sino que inspiran, cuestionan y acompañan. Gracias a ellos entendí que investigar no se trata solo de generar conocimiento, sino de transformar la forma en que comprendemos el mundo.

 

 

La UNLA fue también un pilar fundamental en esta experiencia. Las clases se impartieron de manera presencial, en un entorno académico que fomentaba el diálogo, el pensamiento crítico y la colaboración. Sin embargo, uno de los mayores aciertos institucionales fue contar con infraestructura tecnológica de vanguardia, que permitió tomar las clases en línea cuando era necesario, sin perder la interacción ni la sensación de estar dentro del aula.

 

Esa combinación entre lo presencial y lo digital mantuvo vivo el sentido de comunidad, demostrando que la calidad educativa puede adaptarse a cualquier circunstancia sin perder su esencia.

 

Durante todo el proceso, me mantuve firme bajo una filosofía personal que me acompañó desde el inicio: “Si comienzas algo, lo concluyes.”

 

Esa convicción fue la que me sostuvo en los días más duros, cuando las horas parecían insuficientes y el cansancio pesaba más que la motivación. Abandonar nunca fue una opción, porque cada paso, cada página escrita y cada conversación con mis compañeros me recordaban el propósito con el que había empezado.

 

 

Nada de esto habría sido posible sin el apoyo incondicional de mi esposa, quien me dio la tranquilidad y el respaldo necesarios para poder dedicarme al 200% al doctorado, confiando siempre en mí incluso cuando las jornadas eran interminables. Su compañía constante fue el equilibrio perfecto entre exigencia y calma.

 

Y, por supuesto, mis dos hijos fueron mi mayor fuente de inspiración. Siempre me vieron trabajar duro, concentrado y comprometido, y espero que esa imagen quede en ellos como un ejemplo de que el esfuerzo, la pasión y la disciplina pueden abrir cualquier camino.

 

El trabajo en equipo fue otra lección invaluable. Compartir con colegas que, como yo, enfrentaban sus propios retos, me enseñó que avanzar juntos es más significativo que hacerlo en solitario. Cada colaboración fue una fuente de aprendizaje, apoyo y amistad.

 

A lo largo del camino conocí a personas extraordinarias que marcaron mi trayectoria académica y personal. Y aunque cerrar el proceso fue lo más difícil, también fue el momento más gratificante. Dediqué todo el tiempo, la energía y el corazón necesarios para concluirlo, y finalmente lo logré.

 

Hoy miro atrás con profunda gratitud. Aquella oportunidad de beca no solo me abrió las puertas del Doctorado en Ciencias Administrativas en la UNLA, sino que me permitió descubrir una versión más fuerte, disciplinada y resiliente de mí mismo. Si algo me deja esta experiencia, es la certeza de que cada reto asumido con convicción se convierte, tarde o temprano, en un triunfo personal, familiar y humano.

 

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