I N T R O D U C C I O N
La democracia ha sido estudiada de diferentes maneras, ya sea como proceso, método o sistema político. Desde la
perspectiva procedimental, por ejemplo, a la democracia se le ha asociado con
una forma específica para tomar decisiones, elegir representantes y hacer
partícipe a los individuos en los asuntos colectivos. Aquí lo importante es el
procedimiento, el método, la forma política o jurídica que adquiere para tomar
decisiones y elaborar políticas públicas. Para la perspectiva consensual, la
democracia implica incorporar a las minorías en las decisiones de gobierno y
buscar consensos, acuerdos y pactos entre mayorías y minorías para así asegurar
la gobernabilidad. Para la teoría de la modernización, la democracia tiene que
ver con precondiciones necesarias para su construcción, como, por ejemplo, el
desarrollo económico, cultural y educativo de los ciudadanos.
Sin embargo, un aspecto poco estudiado de las democracias
modernas tiene que ver con la libertad de los ciudadanos para tomar decisiones
y, sobre todo, poder cambiar, en su momento, su determinación, producto de su
experiencia, la circunstancia o la coyuntura. Es decir, la democracia
identificada con la "infidelidad" o "deslealtad" del
ciudadano,(1) más allá de los fanatismos, los estereotipos y los dogmas. La
infidelidad entendida como la libertad para cambiar de opinión, revalorar la
política y poder reorientar la identidad ideológica y los apoyos dados a
ciertos actores políticos.
En política, ser fiel implica que un individuo adopte una
determinada posición o compromiso político o ideológico y se mantenga siempre
en él, de manera consecuente. Por otra parte, ser infiel significa que el
individuo tenga una determinada posición o actitud, pero que la pueda cambiar
con el tiempo. Esto es: el infiel repiensa, vuelve a pensar libremente,
revalora sin miedo y en libertad, para decidir si sigue en la misma posición o cambia.
El vocablo infiel es un tanto ambiguo, aunque siempre se le
asocia con algo negativo.(2) Significa aquello carente de fidelidad, aquel que
no profesa la misma fe religiosa o política.(3) Se usa como sinónimo de
deslealtad, de falta de fe y de ingratitud. La palabra fiel, en contraste, que
proviene del latín fidelis, es todo lo que guarda fidelidad o fe, que
observa la fe debida a otro.(4)
En este ensayo la infidelidad es conceptualizada como una
decisión del ciudadano en libertad para optar por caminos alternos al statu
quo establecido, a los liderazgos tradicionales o la ideología dominante.
Es una actitud de cuestionar los moldes existentes, y pensar en formas y
caminos diferentes a los tomados por las mayorías.(5) La
infidelidad implica también el derecho de ser y pensar distinto; tratar de
persuadir a los demás, que comulgan en una cofradía de pensamiento, de que la
mejor opción es el cambio y no la continuidad.
A la infidelidad muy comúnmente se le asocia
maniqueístamente con la traición, la deslealtad, la ingratitud y la deserción,
y muy pocas veces con una actitud positiva, deseable o una decisión que refleja
la evolución y madurez cívica del individuo. Más bien, el infiel es el traidor,
el ingrato, el renegado, el conspirador, el impío e insidioso. Sin embargo, en
política, la infidelidad tiene una arista positiva y creadora, la cual debe ser
tolerada y, de cierta manera, fomentada, ya que históricamente los grandes
movimientos de los infieles, en el sentido como se ha conceptualizado, han
revolucionado el mundo y lo han modernizado.(6)
Esto implica el que revaloremos y repensemos, en su justa
dimensión, el papel que históricamente han jugado las ideas alternas,
diferentes o disidentes en el progreso y desarrollo de la humanidad, ya que, en
cierta medida, la modernidad no ha sido producto, como comúnmente se cree, de
la unanimidad y el consenso, sino del pluralismo y la divergencia.
Hoy día, la política en la orbe esta rehaciendo sus
premisas, en la que los viejos moldes, así como los valores y actitudes pasadas
están siendo transformadas, para dar origen a nuevas formas del pensamiento y a
nuevos paradigmas. En este orden de ideas, esta revolución en la política
traerá, por primera vez, una revaloración de los disidentes e infieles, para
considerarlos como actores importantes en la construcción de la nueva sociedad
democrática.(7) En lo que se tiene que avanzar es en entender, como lo señala
Sartori (1997), que la disidencia, la diversidad de opiniones y el contraste no
son enemigos de un orden político-social ni, mucho menos, de la democracia.(8)
Al contrario, el principio central de la democracia liberal señala que la
diferenciación y no la uniformidad constituye la levadura y el más vital
alimento para la convivencia democrática.(9) En este sentido, el ser infiel es
el más puro ejemplo del usufructo y vigencia de la libertad política de cuño
democrático, porque si no se le permite al ciudadano o se atreve éste a
reconsiderar su opinión, o sea, a ser infiel, no se le está permitiendo ser en
verdad un hombre libre.
La importancia que tiene la libertad de decisión y, en
particular, la infidelidad del ciudadano en la construcción de las sociedades
democráticas son aspectos de este ensayo. Se sostiene que la modernidad
democrática ha sido posible en la orbe gracias a los infieles, que han decidido
cambiar de opinión y han optado por caminos alternativos.
1.- La democracia
como infidelidad.
Si algo caracterizó a las sociedades autoritarias o
totalitarias fue la fidelidad, "libre" o forzada, de los individuos
hacia el sistema político y sus gobernantes. Estos regímenes políticos pudieron
subsistir, por un amplio período, gracias al respaldo social, producto de los
controles y mecanismos políticos para generar los "consensos", así
como para reproducir las ideologías, las élites y valores dominantes.
En estas sociedades se castigó con severidad a los infieles
por traidores, herejes, desleales, ingratos y desertores. Desde castigos
menores hasta la segregación social, los trabajos forzados, la cárcel y la
muerte se impusieron en contra de quienes osaban diferir o disentir del
pensamiento hegemónico.(10) De esta forma, ser o
atreverse a ser infiel, implicaba muchos riesgos, incluso la pérdida de la
vida.
De hecho, no fue sino hasta la época de
Por muchos años se fomentó la cultura de la lealtad como un
valor superior en la política y se castigó la deslealtad como una
característica de los seres indeseables. Hoy, incluso, aún una máxima de la
política señala que "la lealtad se premia, mientras que la deslealtad se
castiga". Sin embargo, el mundo, y no sólo la política, ha evolucionado a
consecuencia más bien de esta última. En la ciencia, por ejemplo, Nicolás
Copérnico (1473-1543) fue desleal al pensar y afirmar que
En la cultura, los movimientos modernistas, que en su
momento fueron considerados infieles, permitieron el desarrollo del arte y la
creación de nuevos paradigmas, lo cual originó la diversificación de distintos
estilos y tendencias. Picasso y Tamayo son ejemplos paradigmáticos en el ámbito
de la pintura. Bacon, Darwin y Einstein en las ciencias exactas. Marx, en las
ciencias sociales. Lutero, en la religión. Todos ellos, valorados en su justa
dimensión, nos deben llevar a ver a los infieles como individuos que ejercen su
libertad de decisión, que pueden optar o no hacerlo, según sea el caso, por
caminos diferentes o alternativos, y no como personajes indeseables,
desconfiables.
En este sentido, una sociedad democrática es infiel por
naturaleza, ya que la democracia se centra en la elección y el respeto a la
libertad individual.(13) Por su parte, la ortopedia deformante de lo monolítico
niega el pluralismo y con ello la propia democracia. Entonces, ser infiel es
ser democrático: la democracia implica que se fomente y permita expresar la
diferencia u optar por vías alternativas. Como lo señala Kelsen (1966), aquel
que vota con la mayoría no está ya sometido únicamente a su voluntad. Ello lo
advierte cuando cambia de opinión; en efecto para que el individuo sea libre de
nuevo se requiere una mayoría a su favor.
En un régimen democrático, los ciudadanos pueden decidir
apoyar una determinada idea, candidatura, partido, programa o política, pero
también solidarizarse, en períodos subsecuentes, con una opción diametralmente
opuesta a la que se adhirieron en un principio. Esto hace posible la
alternancia, que a su vez es un prerrequisito de la democracia.(14) Es decir,
en la sociedad democrática, aquélla sólo puede darse por el cambio de
preferencias y de "lealtades" de los electores.(15)
En la sociedad democrática conviven tres actores
principales: los fieles o leales, los infieles o disidentes, y los indecisos o
indiferentes, aquellos conformistas y apáticos que se mantienen, por lo
regular, alejados de la política. Cada uno muestra patrones determinados de
conducta y todos tienen un papel importante en el proceso de construcción de
una sociedad democrática.
2.- Finalmente
Infiel.
El hombre infiel es disidente, individualista y racional por
naturaleza;(16) sus decisiones las toma, generalmente,
con base en los beneficios reales o percibidos; es decir, el carácter de su
determinación se deriva de ciertos razonamientos, cálculos y preferencias que
hace el ciudadano en su vida cotidiana.
Son, aunque no siempre, quienes abrazan una cultura
propiamente democrática, quienes se identifican con la pluralidad de
pensamientos, la tolerancia hacia las ideas diferentes y la predominancia de un
Estado de derecho. Por su parte, los fieles se identifican más bien con
posturas monolíticas, concepciones predemocráticas, muy proclives a los
extremismos y a apoyar a los líderes carismáticos o caudillos.
Los infieles pertenecen generalmente, en un principio, a
grupos minoritarios que luchan por sustanciar sus creencias y propagar sus
ideas, para constituir, en el futuro, mayorías claras y estables. El motor que
los impulsa, muchas veces, tiene que ver con el romanticismo, el idealismo y la
utopía, aunque, a la larga triunfan y florecen en su encomio.
Al ciudadano infiel se le acusa de realizar obras impías, de
tener pensamientos radicales, de romper reglas y ser un desadaptado social. En
los regímenes predemocráticos estas "desviaciones" son severamente
sancionadas. Por cuestiones de seguridad de Estado, "divinas" o de
"interés público", a los infieles se les hostiga, se les advierte, se
les encarcela o se les asesina. Todo puede ser perdonado, menos el ser infiel o
desleal en la política. En estas sociedades, el único paradigma valido es el
que se sustenta en la razón de Estado y el que está en consonancia con el statu
quo.
En cambio, en la sociedad democrática, que es en esencia en
la que se tolera la infidelidad, los paradigmas (políticos e ideológicos) se
enfrascan en una lucha incesante en la construcción de mayorías electorales,
pero ninguno de ellos perdura para siempre.(17) El paradigma o liderazgo
"hegemónico" que se impone es temporal, nunca permanente, ya que la
estabilidad política se puede alcanzar sólo de manera efímera, pero nunca
trasciende la historia.
En estas sociedades, el cambio es algo permanente y la
infidelidad se constituye en su motor. Éste no puede darse sino existen ciudadanos
que piensan, actúan y deciden de diferente modo y que luchan de manera pacífica
por transformarse en mayorías. La estabilidad, como antípoda del cambio,
implica que los ciudadanos le sean fieles al sistema político y a las reglas y
actores que rigen dicho sistema. El cambio, por su parte, implica un proceso de
desmantelamiento de lo viejo y construcción de lo nuevo, donde la infidelidad
se transforma en el motor que lo hace posible.
El cambio implica que el ciudadano haga uso de su derecho de
elección y decisión al orientar su preferencia hacia nuevas ideas, paradigmas,
actores o formaciones políticas. Empero, una vez que aquél se ha consolidado y
que la infidelidad vuelve a permear la mente de algunos electores, entonces es
cuando se hace necesario, una vez más, una metamorfosis social en la que los
infieles tienden a constituirse en mayoría.(18)
Las sociedades monolíticas o predemocráticas son reacias al
cambio; para ellas la fidelidad o lealtad al sistema es algo fundamental. Por
conveniencia, miedo, ignorancia o identificación ideológica o política, son
sociedades leales que premian y estimulan la lealtad. Por su parte, las
heterogéneas o plurales, políticamente hablando, buscan el cambio, generan
liderazgos que incitan con insistencia a la sociedad a ser infieles y optar por
caminos alternos.
Ser infiel implica tener un espíritu crítico y ser, de
cierta manera, autosuficiente y autónomo.(19) El infiel es un inconforme
permanente, que busca el cambio, cuestiona, debate, delibera, discute y
emprende nuevos horizontes.(20) Nunca acepta las cosas como verdades absolutas,
sino que cree en la relatividad y la lectura diferenciada de los fenómenos. El
infiel sólo es consecuente con el cambio, ya que su lealtad hacia una
determinada causa, partido, o líder es muy efímera y relativa. La infidelidad
es la praxis en la que ejercita y degusta su libertad individual. El infiel
tiene un libre albedrío y lo hace valer, muchas veces, a contracorriente. De
hecho, al mismo Rousseau le gustaba ir contra la corriente. En su obra
magistral, El contrato social, señala que el hombre debe consultar su
razón antes de escuchar sus inclinaciones y decidir en libertad con base en sus
razones y no producto de las inercias.
Las ideas infieles son muy antiguas. Tomas Moro, por ejemplo,
en Utopía, escrita en 1516, afirmaba, al hablar de religión, que todos
reconocían la existencia de un dios creador del universo, pero que cada quien
lo concebía y veneraba a su modo; por lo tanto, cada quien debería tratar de
persuadir al otro sin violencia o injuria, ya que nadie puede violar la
libertad religiosa individual. John Locke, en
La infidelidad es heredera, y a su vez continuación, del
racionalismo, el respeto a la libertad de creencia, el acatamiento al Estado de
derecho y a la democracia liberal. El infiel, además, no sólo destruye, como se
le considera, sino que también es poseedor de un gran espíritu constructor. Un
infiel, en el sentido que aquí se le analiza, puede impulsar críticas útiles,
constructivas y centradas, aunque también mal canalizadas sus inquietudes y
críticas puede dar origen a movimientos radicales. Por ello, para evitar la
anarquía y la desestabilización política, la infidelidad moderada, centrista y
meditada, canalizada pacíficamente, es la más conveniente. La infidelidad
radical o violenta producto de las vísceras y la sinrazón puede producir
descomposición social e ingobernabilidad.(23)
3.- El Universo del
fiel.
Los fieles son los que creen, los seguidores, los estables,
los apacibles e "institucionales". Son, además, fanáticos, contrarios
al infiel, que es más bien un crítico. Su idiosincrasia está más ligada al
dogmatismo, a apoyar los estereotipos y la unanimidad. En consecuencia, es
mucho más intolerante a la diversidad y la diferencia de opiniones.
El fiel ha sido sujeto, consciente o inconscientemente, a
una alta ideologización, mientras que el infiel ha podido establecer barreras y
obstáculos para evitar o evadirla. El fiel es un fanático, que se identifica
con intensidad con banderas y colores, que está dispuesto a ceder su
"libertad", o incluso su vida, mientras que el infiel ama la libertad
y es egoísta. El fiel tiene por lo general una baja autoestima, mientras que el
infiel es poseedor de una muy alta autovaloración. El fiel es conformista,
mientras que el infiel es atrevido, rebelde y perseverante.
El infiel se hace no nace. Esto implica que los sistemas
políticos y los mecanismos ideológicos tienen un papel muy importante en
moldear la mentalidad del individuo. Existen diferentes medios, estrategias y
métodos para impedir o tratar de incidir para que el ciudadano no sea infiel o
que siga manteniéndose en consonancia con el statu quo. Por ejemplo, una
gran parte de las acciones de gobierno, las actividades proselitistas de los
partidos, la propaganda y las campañas políticas están orientadas a lograr el
apoyo de los ciudadanos y, por ende, a evitar la infidelidad del elector.
Los individuos fieles en la política se identifican, más
bien, con posturas monolíticas y con concepciones homogéneas o autoritarias. El
dogmatismo, los fundamentalismos y los extremismos son el resultado de la
fidelidad ciega e, incluso, a veces enfermiza hacia determinadas ideologías, personas
o causas. Sin embargo, por más benévola, justa e íntegra que sea la causa,
bandera, partido o líder, siempre existirá el riesgo de llegar a la rigidez, al
dogma y al fundamentalismo.
Las sociedades homogéneas son generalmente autoritarias,
mientras que las heterogéneas o plurales, desde la perspectiva de la política,
toleran la disidencia y la oposición. Es decir, toda sociedad heterogénea y de
mercado es infiel por naturaleza, está atenta ante la pluralidad y diversidad
de alternativas que se le presentan.
La infidelidad sólo se da abiertamente en un sistema
democrático. En este sentido, la democracia puede ser definida como un sistema
político que permite y crea espacios para la expresión del disenso, donde la
tolerancia a la infidelidad es considerada una virtud cívica de cuño y patente
democrática y no una desviación individual, debilidad o falta de carácter del
Estado. La política puede ser conceptualizada, en la era democrática, como la
lucha entre diversos partidos, candidatos o actores políticos por evitar o
acrecentar, dependiendo de si se ostenta o no el poder, la infidelidad del
elector.
4.- Los indecisos e
indiferentes.
En las sociedades democráticas, los indecisos son los
individuos más asediados por los fieles y los infieles. Muchas veces, los
primeros son sectores mayoritarios. Por ello, su esfuerzo se orienta a tratar
de hacerlos conversos y seguidores de sus ideas, aventuras y decisiones. La
política no es más que la relación que se establece entre estos actores, en la
que se usan símbolos, signos y ritos en la búsqueda de la construcción de
mayorías.
Sólo la democracia nos permite la convivencia civilizada de
los fieles y los infieles, así como de los indecisos o indiferentes, en una
cofradía de intereses diversos y complejos. Sin embargo, la grandeza de los
sistemas democráticos es que no sólo tolera a los infieles, sino también a los
apáticos y displicentes.
La verdadera libertad radica, entonces, en cambiar de
opinión sin ser reprendido e, incluso, en tener el derecho a no tener opinión.
Esto implica no sólo el derecho al disenso, sino a formar también parte de una
minoría o mayoría silenciosa. Al respecto, Lord Acton (1955) señaló que la
prueba más segura para juzgar si un país es en verdad libre es el quantum
de seguridad de la que gozan las minorías silenciosas o críticas. Uno de los
derechos de los ciudadanos en toda democracia es el respeto de su libertad de
elección. El ciudadano puede decidir ser fiel o infiel, leal o desleal y el
respeto a esa libertad de elección es el fundamento principal en el que recae
todo sistema democrático.
Sin embargo, esta postura tiene que ser atípicamente
consecuente, ya que, en su momento, los infieles tendrán a su vez que sufrir
alguna o muchas infidelidades. Es decir, el espíritu crítico del infiel, al ser
consecuente, debe aceptar ser criticado. Esto implica que en este tipo de
sociedades la democracia posibilite, incluso, que los infieles puedan
reconsiderar su decisión y opten, si así lo deciden, por regresar su apoyo o
lealtad hacia el partido o la plataforma programática que habían creído en el
pasado o hacia formulas nuevas.
5.- Los infieles y
en este México.
Si se analiza la tercera ola de transiciones a la
democracia,(24) nos daremos cuenta de que hoy el mundo
está lleno de infieles y "traidores," quienes, en su momento,
renegaron de los sistemas autoritarios y totalitarios predominantes en la orbe
de los años sesenta a los noventa, y se involucraron, de diversas maneras, en
los movimientos democratizadores que iniciaron en 1974 con la "revolución
de los claveles" en Portugal. De hecho, la misma alternancia en México,
del 2 de julio de 2000, fue posible gracias a la infidelidad del elector, que
optó mayoritariamente por una alternativa distinta a la hegemónica en el pasado,
lo cual fortaleció la competitividad de los partidos, entonces de oposición,
como el PAN y otorgó el respaldo mayoritario a
La transición hacia la democracia ha significado para
México, en primer lugar, la "desregulación" del electorado; posteriormente,
la formación del mercado electoral y, por último, la intensa disputa del
mercado y las lealtades del elector por partidos y candidatos. Sin embargo, la
democracia mexicana tendrá aún que enfrentar una serie de desafíos y retos para
consolidarse. "Normalizar", por ejemplo, la conversión de ciudadanos
fieles en infieles y hacerlo de manera pacífica y civilizada será una tarea
mayor. La construcción de la cultura democrática implicará la transformación
del ciudadano permeado por un concepto monolítico y de recia lealtad a los
paradigmas, líderes y partidos hacia una concepción infiel y relativa de la
política. A futuro, la consolidación requerirá el paso de las lealtades
electorales a estadios de mayor volubilidad y efimeridad.
De hecho, México se encuentra no sólo ante una transición
política, sino también cultural sustentada en la infidelidad de los electores
respecto a moldes y prejuicios de antaño. Esto es algo normal, ya que toda
democracia pasa necesariamente por el tránsito de los prejuicios y los
estereotipos en la política en un estadio de mayor madurez cívica, de la
legalidad(25) y tolerancia, en el que se reconocen los derechos del ciudadano
de creer diferente a los demás.(26)
Aunque habrá de señalarse que en toda democracia emergente,
como la mexicana, la infidelidad es, en una primera etapa, severamente
cuestionada por la clase política y la misma sociedad, mientras que en una
consolidada la infidelidad es considerada consustancial al grado de madurez e
independencia del individuo alcanzada en la política. De esta forma, ser infiel
(traidor) en una sociedad en transición es, de cierta manera, inmoral, mientras
que en una democracia consolidada ser infiel (disidente) en la política es
socialmente aceptado.(27) Sin embargo, poco a poco se entenderá que la
transición implica el terminar con la idea de la sociedad homogénea y leal para
pasar a la heterogénea o infiel.(28)
No es exagerado decir que las crisis que enfrentan las
sociedades en transición tienen que ver, de cierta manera, con el proceso de
formación individual y de aceptación social del espíritu infiel del ciudadano,
ya que éstas generalmente se debaten entre el dilema de volver al pasado,
permanecer con el nuevo statu quo o experimentar otras posibilidades
para el futuro.(29)
México se ha destacado por su gran estabilidad política en
el siglo XX. Comparado con los países latinoamericanos cuyos sistemas políticos
han sufrido múltiples golpes de Estado, México ha logrado sucesiones
presidenciales pacíficas y la resolución de las controversias derivadas de la
lucha por el poder dentro de un marco institucional que se sostenía en una red
de poder, consolidada por una gran lealtad y disciplina de parte de sus
miembros. La escisión sufrida por el PRI en 1988 era la única escisión de
importancia desde 1929, fecha en la que se funda el Partido Nacional
Revolucionario (PNR), precursor del PRI, lo cual constituye un récord nada
despreciable. Sin embargo, la transferencia pacífica del poder presidencial
tiene poco que ver con la visión negativa que se tiene sobre México y sus
procesos políticos, a los que se consideran aún autoritarios.
En el presidente mexicano se puede decir que todavía se concentra la capacidad
de aprobación de los candidatos de su partido, desde gobernadores, senadores,
diputados federales y locales, hasta presidentes municipales y de ello proviene el gran poder que se
atribuye a la designación presidencial, por el cual se compite y al cual se
mantiene “lealtad y disciplina”. El presidente tiene la capacidad de hacer y
deshacer carreras políticas, y de distribuir favores y recompensas, creando así
un sistema de lealtades enfocado hacia él.
La disciplina de los actores políticos mexicanos había generado respeto por los
tiempos políticos pasados. Se acepta que hay un proceso de renovación y se
compite por ganar posiciones en cada coyuntura de cambio. El sexenio, el
período presidencial de seis años, es en este sentido un valor político
fundamental, que ha inhibido procesos de disrupción en la sucesión de
administraciones gubernamentales. Los mexicanos tienen la certeza de la
temporalidad del gobierno, y de su renovación cada seis años. De esta manera,
la sucesión presidencial mexicana se ha convertido en el marco de competencia
de los diversos grupos políticos, que históricamente se han configurado como
camarillas.
En el pasado, la interacción entre camarillas le dio al sistema político
mexicano una gran solidez y cohesión, si bien, paradójicamente, fortaleció su autoritarismo.
Las camarillas, recuperando el valor político del cacicazgo y del caudillismo,
contribuyeron con su lealtad y disciplina a consolidar el sistema político. Los
miembros de la camarilla le tienen gran lealtad al jefe de la misma y se
disciplinan ante sus decisiones o le tenían, tal vez porque son conscientes que
el sistema y la camarilla pueden o no pueden retribuir los servicios prestados
y hasta los sacrificios sufridos. Aun si ésta fuera la única consideración, es
un incentivo bastante fuerte para lograr cohesión política.
El elemento que era sui generis de la política mexicana es que la competencia
por el poder se había generado - por lo menos hasta 1988 - dentro de los
márgenes gubernamentales y dentro de un solo partido político, con un gran
espíritu de disciplina y lealtad por parte de los derrotados. Las camarillas
que perdían una competencia electoral esperaban pacíficamente hasta la próxima
contienda, mientras trataban de reagrupar fuerzas y conquistar nuevas
posiciones políticas, pero siempre con el ánimo que les daba el ser miembros de
la gran `familia revolucionaria
Aun cuando no hay estudios definitivos sobre la interacción de las camarillas,
se puede percibir que uno de los marcos de competencia más disputados lo
constituye el gabinete presidencial. En este espacio el presidente equilibraba
las diversas facciones geográficas y sectoriales que compiten por diversas
posiciones de poder. Después de la revolución y hasta los 70, los Secretarios
de Estado utilizaban su puesto para establecer alianzas políticas y fortalecer
posiciones de poder en el país. Este sistema tuvo un efecto autoritario en
cuanto a la sociedad, pero de relativa democracia en el seno de la élite
política, la cual tenía claras reglas de juego para competir por el poder y
reclutaba líderes sociales que así se movilizaban socialmente, aceptando, a
cambio, disciplinarse ante las decisiones generadas por un sistema autoritario
que recompensaba la disciplina y lealtad. Esto ayudó a asegurar la estabilidad
y a funcionalizar la protesta y oposición ante una lógica de poder que daba
espacios de poder limitados a la disidencia dentro del marco autoritario.
Este esquema se ha modificado en las últimas dos décadas. El papel del gabinete
presidencial se ha distorsionado, hasta convertirse en una especie de cuerpo
gerencial cerrado para los amigos y colaboradores cercanos del presidente.
Desde el surgimiento de los presidentes "burócratas", el gabinete se
ha transformado en un espacio determinado más por un criterio de manejo burocrático,
en lugar de continuar siendo un foco de competencia entre grupos políticos. El
presidente recompensa la obediencia burocrática y no el mérito político, y el
reclutamiento político se ve limitado a la élite económica.
Uno de los momentos que marcan esta transición ocurre cuando el gobierno
plantea la descentralización administrativa y el fortalecimiento del municipio
durante la administración de José López Portillo. El gobierno creó el Convenio
Unico de Desarrollo (CUD), por medio del cual se establecen las transferencias
federales a los estados, después de que éstas se negocian centralmente. Esta
medida redujo la capacidad política de los secretarios del gabinete
presidencial, que solamente administran programas, y debilitó el poder de los
gobernadores, que administran recursos transferidos por el gobierno federal.
La política de descentralización, que al transferir poder a los municipios
eventualmente reforzaría la democracia, recentralizó el poder en las manos del
presidente y del sector financiero del gobierno, reduciendo las posibilidades
de democratización; al gerencializar la política, se reforzó el poder de los
tecnócratas y se cancelaron canales de competencia política dentro de la élite.
La consecuente reducción del papel del gabinete como instrumento de equilibrio
de poder entre grupos, y la desestabilización del viejo sistema de poder donde
los grupos corporativizados competían por cuotas de poder, dejaron a merced del
presidente diversos procesos políticos. Semejante curso de acción debilitó las
pautas de reclutamiento de los líderes, redujo las posibilidades de consolidar
la apertura democrática y agudizó el autoritarismo. Este proceso causó
decepción en los cuadros políticos medios y la oposición empezó a abrirse
camino. Lo paradójico es que esto, que bien pudo haber sido el origen de un
viraje democrático, acendró la negociación de las luchas electorales y
reprodujo un sistema muy adverso a la
simple elección de un candidato. Otro componente histórico que propicio la
concentración del poder político fue la política de apertura económica iniciada
por Miguel de
Para los presidentes 'políticos" que gobernaron hasta 1970, la política
era el arte de guiar a la sociedad bajo el marco de la paz social, aun cuando
para lograr ésta se usara la represión extensamente. Este "arte"
consistía, entre otros, en negociación, conciliación, cooptación, demagogia,
represión y manipulación. La eficiencia podía absorber costos políticos porque la
economía crecía, aunque éstos incluyeran la aplicación de lecciones ejemplares
al movimiento obrero, como el encarcelamiento, desde 1958 hasta el principio de
los 70, de los líderes ferrocarrileros Demetrio Vallejo y Valentín Campa, o las
represiones sangrientas del movimiento obrero, campesino y estudiantil, cuando
el movimiento de masas intentó salirse de la tutela corporativa.
En contraposición, para los presidentes "burócratas" que llegaron al
poder en 1970, la eficiencia es un problema de contabilidad nacional e
internacional. Llama la atención la confrontación entre Miguel de
Las elecciones para gobernador en Guanajuato y San Luis Potosí en 1992
resultarón aleccionadoras. En el primer caso, la protesta por el fraude
electoral llevó al gobierno federal a presionar al gobernador electo a
renunciar y en su lugar designaron un gobernador interino del Partido Acción
Nacional (PAN). En el segundo caso, las protestas por el fraude electoral
llevaron al gobernador a tratar de entrar al palacio de gobierno por la fuerza
y el gobierno federal lo obligó a renunciar. Paradójicamente, sin darse cuenta,
dichas acciones motivaron la participación de la oposición.
La falta de transparencia en la política es una barrera para la democracia, ya
que aun los triunfos de cualquier partido sufren el castigo de la incredulidad. Cada
victoria de la oposición sostiene al autoritarismo en lugar de apoyar la
democracia. Es por esto que los accidentes democráticos como lo fueron en Baja
California y Chihuahua no garantizan nada. Los presidentes burócratas
despolitizaron la política y convirtieron a los políticos en gerentes. Esto
supone una consecuencia funesta para la democracia, porque excluye de la
carrera política a una parte importante del liderazgo político tradicional,
reemplazándolo por un sector social asociado a la élite y con una gran
insensibilidad para la política de masas. De este modo, los triunfos de
cualquier partido no garantizan el inicio de la democracia, en tanto que la
concentración burocrática del poder puede destruir el avance democrático en un
abrir y cerrar de ojos, y aunado a eso habrá que sumarle la infidelidad política
muy de moda.
Otra de las grandes paradojas de la democratización mexicana
es que, aun cuando hay diversos partidos políticos, los mexicanos no han optado
por volcarse sobre las urnas. Sin ser la abstención electoral un fenómeno
únicamente mexicano, puesto que se registra en muchos otros países, hasta ahora
no hay una plena solución a ello.
La abstención electoral constituye hasta tal grado un motivo
de preocupación, que el discurso político de los partidos se ha concentrado en
la lucha contra ella, si bien por distintos motivos. Los estudios sostiene que la
causa de la abstención es la constante infidelidad de políticos en uno y otro
partido, con el fin de llegar a tener un puesto de elección popular. Lo cierto
es que nadie oculta su preocupación por las alarmantes dimensiones que ha
alcanzado este fenómeno de negativa. Los políticos, afanados por mantenerse en
el poder, son incapaces de leer los deseos de la sociedad y, en lugar de
reconocer el descontento social y la alienación del votante, reducen el
problema a una falla de información.
La explicación sería, que la sociedad mexicana se abstiene de votar porque en
su cultura política sienten que no tienen capacidad de influir, y que el voto
no puede generar ninguna ganancia, ni siquiera en el sentido doctrinario de que
el voto se puede razonar en base a una ganancia económica. La vieja práctica
mexicana de fraude electoral es un factor inhibidor del voto, pues le demuestra
al individuo que su participación no produce ningún resultado y que el sistema
electoral no es un medio para ejercer influencia. La sociedad se niega a votar,
no porque carezca de suficientes opciones ideológicas, sino porque ellas están
lejos de garantizar el resultado electoral. De esta manera, la tasa de
abstención electoral ha ido en aumento constante.
El hecho que el gobierno federal haya cambiado del PRI al PAN, no es un factor
de certidumbre, aún existen problemas de credibilidad, el caso especial de
Andrés Manuel López Obrador lo demuestra. Sin embargo, las persistentes acusaciones de
fraude electoral, parecieran atestiguar que el reconocimiento de las victorias
son solamente resultado de la poca confiabilidad que el ciudadano tiene de la
política e incluso de las propias autoridades electorales.
El presidente mexicano es el actor político que más poder
controla, pero no puede considerarse todopoderoso. Existe una serie de factores
que limitan el poder presidencial y que pueden hacer que éste disminuya
coyunturalmente en forma drástica, o bien que el deterioro sea paulatino, a lo
largo del tiempo.
La estructura política tiene que contender con la modificación que sufren las
fuerzas políticas y su interacción en el desarrollo económico. El deterioro del
presidencialismo implica que el presidente tenga menor capacidad para
subordinar a todos los actores económico-políticos ejemplo Luis Echeverría después de apoyar a una
corriente sindicalista a fin de forzar una apertura sindical, termina
reprimiéndolos, forzado por el embate del sindicalismo oficial. José López
Portillo sintió la fuerza de los banqueros que habían concentrado excesivo
poder y acaba estatizando los bancos. Miguel de
Carlos Salinas de Gortari aprovechó las modificaciones económicas del sexenio anterior
y mino el corporativismo, y el actual Presidente de México Vicente Fox, logro
con su estilo porco místico de llevar las riendas del país, propiciar un poco
respeto de la figura Presidencial, incluso soportando programas
televisivos de parodia cómica.
De lo anterior se puede presumir que el reto del futuro
Presidente no es sencillo, requiere, regresar el respeto a lo que implica ser
representante del Ejecutivo Federal y en verdad entre la infidelidad política y
el deterioro del Ejecutivo es, detonante aún esto del marcado abstencionismo
electoral.
Los brotes de violencia política
motivada por supuestos fraudes electorales se han extendido a buena parte del
país. Como consecuencia, el gobierno mexicano no tiene la suficiente base
social de apoyo para lograr un argumento que permita credibilidad. Este esquema
es arriesgado y pone al gobierno en el filo de la navaja, de tal forma que
México puede encontrarse, en el mediano plazo, en la disyuntiva del fin del presidencialismo.
CONCLUSIÓN
En la sociedad democrática moderna ya no predomina el
"hombre dogma" o monolítico, sino el "hombre plástico",
aquel que es sujeto, por derecho, de cambiar de opinión, de moldear su decisión
política, dependiendo de una serie de circunstancias, experiencias, intereses y
valoraciones. En este sentido, la democracia es la sociedad de la plasticidad,
de la efimeridad y la circunstancia, donde las verdades y las posturas no son
eternas, sino fugaces y relativas. Lo único seguro es que nada es seguro, ya
que todo cambia.
La democracia supone la existencia del hombre plástico,
sujeto de ser persuadido, moldeado y convencido de cambiar de opinión, ya que
sólo las sociedades autoritarias o totalitarias se sustentaban en los
fanatismos y dogmatismos. El trabajo proselitista de los partidos no es más que
un esfuerzo por mantener o cambiar la lealtad del elector; por tratar, por un
lado, de hacer infiel al fiel o indeciso o, por otro, convertir en fiel al
infiel. Es decir, la democracia implica, de cierta manera, la transición del
hombre "roca," fiel, leal, fanático, dogmático, ideologizado y
monolítico al hombre "plástico," plural, moldeable y persuadible. De
esta forma, la misma política se tendrá que reinventar continuamente a sí misma
en escenarios impredecibles.
La relatividad y volubilidad en la política cobran una
dimensión importante. Nada es absoluto y eterno, todo es relativo y efímero.
Las ideas que hoy aparecen como de avanzada, revolucionarias y modernas, el día
de mañana serán consideradas como conservadoras, retrógradas y caducas. Nadie
tiene la razón, sino que ésta le pertenece a muchos, y se define con base en el
interés político de Estado, de grupo o individual que está detrás de ella.
De todos los sistemas políticos, sólo la democracia se
caracteriza por la infidelidad. En ella se respeta el pensamiento alterno y
diferente del ciudadano, la pluralidad y la acción deliberativa de sus
electores. Esta infidelidad implica, sobre todo, la
libertad de decidir; la libertad para construir nuevos futuros u optar por
caminos alternativos, con respeto a la decisión soberana del ciudadano.
La democracia presupone el pluralismo de opiniones,
preferencias y proyectos políticos, y también que los ciudadanos puedan cambiar
de decisión y apoyen o no a diferentes opciones. El mismo Bobbio (1985) refiere
que "no vivimos en un universo en el cual algunos grupos, que pueden ser
de carácter religioso o político, y por lo tanto ideológico, son los únicos
depositarios de la verdad, sino de un multiverso que, contrariamente, se
integra por una sociedad compleja de carácter plural". En este mismo orden
de ideas, Karl Popper (1945) criticaba el monopolio de la fe y propugnaba por
la sociedad abierta.(29)
En fin, la verdadera construcción democrática implicará la
transformación del "hombre dogma" en "hombre plástico"; la
desaparición del tribalismo y los fanatismos en la política; el reforzamiento
de la tradición crítica y deliberativa de la sociedad. La ortodoxia del pasado
fue la fidelidad en la política, la del futuro, muy seguramente, será la de la
infidelidad.
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1) Aquí el término infidelidad se usa en un sentido
sociológico, que implica la libertad del ciudadano de disentir respecto de lo
hegemónico o mayoritario para optar por caminos distintos y crear nuevos
escenarios o tendencias políticas.
2) La infidelidad en el amor, en la política y en las
relaciones mercantiles, por señalar algunos, son socialmente criticadas, ya que
el infiel es considerado inseguro, inmaduro, desleal, impuro o perturbado.
3) Véase Lexipedia, Diccionario enciclopédico (1998),
México, Británica.
4) La palabra fiel se usa en el ámbito religioso para
referirse a los creyentes o seguidores, aquellos que creen y guardan devoción a
alguien o algo.
5) No se trata de hacer una apología a la infidelidad ni pugnar
por el individualismo extremo, sino de ubicar en su real dimensión la
importancia de pensar y atreverse a ser diferente en el proceso de cambio y
modernización política. De hecho, ubicado en perspectiva el progreso ha sido,
en parte, producto de los esfuerzos y atrevimientos de los hombres infieles
quienes han optado por caminos alternativos o diferentes.
6) De cierta manera,
7) Al respecto, el mismo Tocqueville expresaba que la
tiranía de las mayorías es una opresión al pensamiento.
8) En este sentido, debe haber claridad de que toda
convivencia democrática se sustenta en un compromiso representativo del
consenso y el disenso.
9) Alain Touraine (1998) señala que el ideal democrático
afirma que todos somos diferentes, pero que cada uno a su modo nos esforzamos
por conjugar libremente en nuestra experiencia de vida actividades técnicas y económicas
comunes a todos con la particularidad de la identidad personal y colectiva.
10) Ejemplos de intolerancia existen muchos en la historia.
Por mencionar algunos, se puede hablar de
11)
12) Copérnico es el padre de la moderna astronomía. Sus
conceptos heliocéntricos significaron una verdadera revolución intelectual al
criticar los dogmas de la antigüedad.
13) Dahl (1993) cree que para que se dé la democracia se
deben presentar, al menos, los siguientes requisitos: el ciudadano debe tener
la oportunidad de formular y manifestar sus preferencias, así como recibir
igual trato por parte del gobierno en la ponderación de éstas.
14) La democracia implica la tolerancia a los infieles,
aunque es mucho más que eso. De acuerdo con Schumpeter (1947), el método
democrático es la sagacidad institucional para llegar a decisiones políticas en
la que algunas personas adquieren el poder de decidir por medio de una lucha
competitiva por el voto popular.
15) Por lealtad electoral se entiende la identificación o
simpatía que tiene el ciudadano con una opción política o ideológica,
generalmente representada por una opción partidista y el apoyo que éste otorga
en momentos electorales.
16) Para Spinoza, la libertad era la perfecta racionalidad;
para Leibniz, la espontaneidad de la inteligencia.
17) Al respecto, Madison en el Federalista decía que
las democracias han ofrecido siempre el espectáculo de turbulencias y
disidencias.
18) En términos de Thomas Kuhn (1976), podemos hablar de la
crisis del viejo paradigma y el nacimiento del nuevo ante la presentación de
hechos anómalos que no pueden ser explicados con los viejos conocimientos o
teorías.
19) Kant, en
20) El infiel nace, muchas veces, ante la crisis del
paradigma o ante el debacle de liderazgos dominantes.
21) Véase Isidro H. Cisneros, Tolerancia y democracia,
México, IFE-Cuadernos de Divulgación Democrática, núm. 10, 1996.
22) Recuérdese que no fue sino hasta el siglo XVI cuando en
Europa se inicia la tolerancia hacia los impuros y herejes, ya que antes se les
castigaba con la muerte.
23) En este sentido, el vértigo de la democracia no nos debe
llevar a confundir los verdaderos alcances y reales potencialidades de la
infidelidad, la cual, mal entendida o radical, puede llevarnos también a la
construcción de escenarios peligrosos e inestables que pueden ser aprovechados
por los fieles para imponer regímenes intolerantes.
24) Véase Samuel Huntington (1991).
25) Sobre la legalidad, Montesquieu (1748) señalaba que la
libertad es el derecho de hacer todo aquello que las leyes permiten.
Aristóteles, por su parte, decía que somos libres cuando obedecemos a leyes y
no a patrones, mientras que Kelsen (1966) apuntaba que una democracia, sin
aquella autolimitación que representa el principio de la legalidad, se
autodestruye.
26) Es importante mencionar que en un sistema democrático,
el tolerante debe rechazar conscientemente la violencia como medio privilegiado
para obtener el triunfo de sus ideas y subordinar a los demás a su propia
concepción. En este sentido, no son compartibles los medios violentos con la
democracia para asumir el poder.
27) Sin embargo, en la misma democracia tanto la clase
política como los ciudadanos, más temprano que tarde, tendrán que evolucionar
para considerar la infidelidad ya no un defecto en la política, sino una virtud
cívica de alto valor humano.
28) Ahora bien, en una sociedad pragmática, como en la que
estamos viviendo, la fidelidad está ligada a resultados concretos, a ventajas
precisas y beneficios tangibles, de ahí que la constitución de mayorías
electorales y estables está ligada a políticas públicas y acciones de gobierno
percibidas como benéficas, a corto o largo plazo, para la población.
29) Popper decía, además, que los
individuos deben cuestionar la autoridad, poner en duda lo que habían dado por
sentado y asumir responsabilidades por sí mismos y por los demás.