Un posible paradigma de la Democracia, la fidelidad o la infidelidad del ciudadano.

M.C. EDGAR HUGO ROJAS FIGUEROA.

 

I N T R O D U C C I O N

La democracia ha sido estudiada de diferentes maneras, ya sea como proceso, método o sistema político. Desde la perspectiva procedimental, por ejemplo, a la democracia se le ha asociado con una forma específica para tomar decisiones, elegir representantes y hacer partícipe a los individuos en los asuntos colectivos. Aquí lo importante es el procedimiento, el método, la forma política o jurídica que adquiere para tomar decisiones y elaborar políticas públicas. Para la perspectiva consensual, la democracia implica incorporar a las minorías en las decisiones de gobierno y buscar consensos, acuerdos y pactos entre mayorías y minorías para así asegurar la gobernabilidad. Para la teoría de la modernización, la democracia tiene que ver con precondiciones necesarias para su construcción, como, por ejemplo, el desarrollo económico, cultural y educativo de los ciudadanos.

Sin embargo, un aspecto poco estudiado de las democracias modernas tiene que ver con la libertad de los ciudadanos para tomar decisiones y, sobre todo, poder cambiar, en su momento, su determinación, producto de su experiencia, la circunstancia o la coyuntura. Es decir, la democracia identificada con la "infidelidad" o "deslealtad" del ciudadano,(1) más allá de los fanatismos, los estereotipos y los dogmas. La infidelidad entendida como la libertad para cambiar de opinión, revalorar la política y poder reorientar la identidad ideológica y los apoyos dados a ciertos actores políticos.

En política, ser fiel implica que un individuo adopte una determinada posición o compromiso político o ideológico y se mantenga siempre en él, de manera consecuente. Por otra parte, ser infiel significa que el individuo tenga una determinada posición o actitud, pero que la pueda cambiar con el tiempo. Esto es: el infiel repiensa, vuelve a pensar libremente, revalora sin miedo y en libertad, para decidir si sigue en la misma posición o cambia.

El vocablo infiel es un tanto ambiguo, aunque siempre se le asocia con algo negativo.(2) Significa aquello carente de fidelidad, aquel que no profesa la misma fe religiosa o política.(3) Se usa como sinónimo de deslealtad, de falta de fe y de ingratitud. La palabra fiel, en contraste, que proviene del latín fidelis, es todo lo que guarda fidelidad o fe, que observa la fe debida a otro.(4)

En este ensayo la infidelidad es conceptualizada como una decisión del ciudadano en libertad para optar por caminos alternos al statu quo establecido, a los liderazgos tradicionales o la ideología dominante. Es una actitud de cuestionar los moldes existentes, y pensar en formas y caminos diferentes a los tomados por las mayorías.(5) La infidelidad implica también el derecho de ser y pensar distinto; tratar de persuadir a los demás, que comulgan en una cofradía de pensamiento, de que la mejor opción es el cambio y no la continuidad.

A la infidelidad muy comúnmente se le asocia maniqueístamente con la traición, la deslealtad, la ingratitud y la deserción, y muy pocas veces con una actitud positiva, deseable o una decisión que refleja la evolución y madurez cívica del individuo. Más bien, el infiel es el traidor, el ingrato, el renegado, el conspirador, el impío e insidioso. Sin embargo, en política, la infidelidad tiene una arista positiva y creadora, la cual debe ser tolerada y, de cierta manera, fomentada, ya que históricamente los grandes movimientos de los infieles, en el sentido como se ha conceptualizado, han revolucionado el mundo y lo han modernizado.(6)

Esto implica el que revaloremos y repensemos, en su justa dimensión, el papel que históricamente han jugado las ideas alternas, diferentes o disidentes en el progreso y desarrollo de la humanidad, ya que, en cierta medida, la modernidad no ha sido producto, como comúnmente se cree, de la unanimidad y el consenso, sino del pluralismo y la divergencia.

Hoy día, la política en la orbe esta rehaciendo sus premisas, en la que los viejos moldes, así como los valores y actitudes pasadas están siendo transformadas, para dar origen a nuevas formas del pensamiento y a nuevos paradigmas. En este orden de ideas, esta revolución en la política traerá, por primera vez, una revaloración de los disidentes e infieles, para considerarlos como actores importantes en la construcción de la nueva sociedad democrática.(7) En lo que se tiene que avanzar es en entender, como lo señala Sartori (1997), que la disidencia, la diversidad de opiniones y el contraste no son enemigos de un orden político-social ni, mucho menos, de la democracia.(8) Al contrario, el principio central de la democracia liberal señala que la diferenciación y no la uniformidad constituye la levadura y el más vital alimento para la convivencia democrática.(9) En este sentido, el ser infiel es el más puro ejemplo del usufructo y vigencia de la libertad política de cuño democrático, porque si no se le permite al ciudadano o se atreve éste a reconsiderar su opinión, o sea, a ser infiel, no se le está permitiendo ser en verdad un hombre libre.

La importancia que tiene la libertad de decisión y, en particular, la infidelidad del ciudadano en la construcción de las sociedades democráticas son aspectos de este ensayo. Se sostiene que la modernidad democrática ha sido posible en la orbe gracias a los infieles, que han decidido cambiar de opinión y han optado por caminos alternativos.

1.- La democracia como infidelidad.

Si algo caracterizó a las sociedades autoritarias o totalitarias fue la fidelidad, "libre" o forzada, de los individuos hacia el sistema político y sus gobernantes. Estos regímenes políticos pudieron subsistir, por un amplio período, gracias al respaldo social, producto de los controles y mecanismos políticos para generar los "consensos", así como para reproducir las ideologías, las élites y valores dominantes.

En estas sociedades se castigó con severidad a los infieles por traidores, herejes, desleales, ingratos y desertores. Desde castigos menores hasta la segregación social, los trabajos forzados, la cárcel y la muerte se impusieron en contra de quienes osaban diferir o disentir del pensamiento hegemónico.(10) De esta forma, ser o atreverse a ser infiel, implicaba muchos riesgos, incluso la pérdida de la vida.

De hecho, no fue sino hasta la época de la Reforma protestante,(11) a mediados del siglo XVI, cuando nació el pluralismo, entendido éste como un derecho a la libertad de conciencia y de opinión, ya que la infidelidad o diversidad de opiniones era considerada como una causa de la ruina de los estados, como fuente de discordia y desorden; en cambio se pensaba que la unanimidad era el fundamento necesario de la solidez de los gobiernos (Sartori 1997).

Por muchos años se fomentó la cultura de la lealtad como un valor superior en la política y se castigó la deslealtad como una característica de los seres indeseables. Hoy, incluso, aún una máxima de la política señala que "la lealtad se premia, mientras que la deslealtad se castiga". Sin embargo, el mundo, y no sólo la política, ha evolucionado a consecuencia más bien de esta última. En la ciencia, por ejemplo, Nicolás Copérnico (1473-1543) fue desleal al pensar y afirmar que la Tierra era redonda y no plana como señalaba el conocimiento convencional de su época.(12) El Che Guevara, Gandhi y el mismo Emiliano Zapata fueron, en su momento, también infieles consagrados, quienes disintieron de la forma como se gobernaban sus países y emprendieron movimientos rebeldes.

En la cultura, los movimientos modernistas, que en su momento fueron considerados infieles, permitieron el desarrollo del arte y la creación de nuevos paradigmas, lo cual originó la diversificación de distintos estilos y tendencias. Picasso y Tamayo son ejemplos paradigmáticos en el ámbito de la pintura. Bacon, Darwin y Einstein en las ciencias exactas. Marx, en las ciencias sociales. Lutero, en la religión. Todos ellos, valorados en su justa dimensión, nos deben llevar a ver a los infieles como individuos que ejercen su libertad de decisión, que pueden optar o no hacerlo, según sea el caso, por caminos diferentes o alternativos, y no como personajes indeseables, desconfiables.

En este sentido, una sociedad democrática es infiel por naturaleza, ya que la democracia se centra en la elección y el respeto a la libertad individual.(13) Por su parte, la ortopedia deformante de lo monolítico niega el pluralismo y con ello la propia democracia. Entonces, ser infiel es ser democrático: la democracia implica que se fomente y permita expresar la diferencia u optar por vías alternativas. Como lo señala Kelsen (1966), aquel que vota con la mayoría no está ya sometido únicamente a su voluntad. Ello lo advierte cuando cambia de opinión; en efecto para que el individuo sea libre de nuevo se requiere una mayoría a su favor.

En un régimen democrático, los ciudadanos pueden decidir apoyar una determinada idea, candidatura, partido, programa o política, pero también solidarizarse, en períodos subsecuentes, con una opción diametralmente opuesta a la que se adhirieron en un principio. Esto hace posible la alternancia, que a su vez es un prerrequisito de la democracia.(14) Es decir, en la sociedad democrática, aquélla sólo puede darse por el cambio de preferencias y de "lealtades" de los electores.(15)

En la sociedad democrática conviven tres actores principales: los fieles o leales, los infieles o disidentes, y los indecisos o indiferentes, aquellos conformistas y apáticos que se mantienen, por lo regular, alejados de la política. Cada uno muestra patrones determinados de conducta y todos tienen un papel importante en el proceso de construcción de una sociedad democrática.

2.- Finalmente Infiel.

El hombre infiel es disidente, individualista y racional por naturaleza;(16) sus decisiones las toma, generalmente, con base en los beneficios reales o percibidos; es decir, el carácter de su determinación se deriva de ciertos razonamientos, cálculos y preferencias que hace el ciudadano en su vida cotidiana.

Son, aunque no siempre, quienes abrazan una cultura propiamente democrática, quienes se identifican con la pluralidad de pensamientos, la tolerancia hacia las ideas diferentes y la predominancia de un Estado de derecho. Por su parte, los fieles se identifican más bien con posturas monolíticas, concepciones predemocráticas, muy proclives a los extremismos y a apoyar a los líderes carismáticos o caudillos.

Los infieles pertenecen generalmente, en un principio, a grupos minoritarios que luchan por sustanciar sus creencias y propagar sus ideas, para constituir, en el futuro, mayorías claras y estables. El motor que los impulsa, muchas veces, tiene que ver con el romanticismo, el idealismo y la utopía, aunque, a la larga triunfan y florecen en su encomio.

Al ciudadano infiel se le acusa de realizar obras impías, de tener pensamientos radicales, de romper reglas y ser un desadaptado social. En los regímenes predemocráticos estas "desviaciones" son severamente sancionadas. Por cuestiones de seguridad de Estado, "divinas" o de "interés público", a los infieles se les hostiga, se les advierte, se les encarcela o se les asesina. Todo puede ser perdonado, menos el ser infiel o desleal en la política. En estas sociedades, el único paradigma valido es el que se sustenta en la razón de Estado y el que está en consonancia con el statu quo.

En cambio, en la sociedad democrática, que es en esencia en la que se tolera la infidelidad, los paradigmas (políticos e ideológicos) se enfrascan en una lucha incesante en la construcción de mayorías electorales, pero ninguno de ellos perdura para siempre.(17) El paradigma o liderazgo "hegemónico" que se impone es temporal, nunca permanente, ya que la estabilidad política se puede alcanzar sólo de manera efímera, pero nunca trasciende la historia.

En estas sociedades, el cambio es algo permanente y la infidelidad se constituye en su motor. Éste no puede darse sino existen ciudadanos que piensan, actúan y deciden de diferente modo y que luchan de manera pacífica por transformarse en mayorías. La estabilidad, como antípoda del cambio, implica que los ciudadanos le sean fieles al sistema político y a las reglas y actores que rigen dicho sistema. El cambio, por su parte, implica un proceso de desmantelamiento de lo viejo y construcción de lo nuevo, donde la infidelidad se transforma en el motor que lo hace posible.

El cambio implica que el ciudadano haga uso de su derecho de elección y decisión al orientar su preferencia hacia nuevas ideas, paradigmas, actores o formaciones políticas. Empero, una vez que aquél se ha consolidado y que la infidelidad vuelve a permear la mente de algunos electores, entonces es cuando se hace necesario, una vez más, una metamorfosis social en la que los infieles tienden a constituirse en mayoría.(18)

Las sociedades monolíticas o predemocráticas son reacias al cambio; para ellas la fidelidad o lealtad al sistema es algo fundamental. Por conveniencia, miedo, ignorancia o identificación ideológica o política, son sociedades leales que premian y estimulan la lealtad. Por su parte, las heterogéneas o plurales, políticamente hablando, buscan el cambio, generan liderazgos que incitan con insistencia a la sociedad a ser infieles y optar por caminos alternos.

Ser infiel implica tener un espíritu crítico y ser, de cierta manera, autosuficiente y autónomo.(19) El infiel es un inconforme permanente, que busca el cambio, cuestiona, debate, delibera, discute y emprende nuevos horizontes.(20) Nunca acepta las cosas como verdades absolutas, sino que cree en la relatividad y la lectura diferenciada de los fenómenos. El infiel sólo es consecuente con el cambio, ya que su lealtad hacia una determinada causa, partido, o líder es muy efímera y relativa. La infidelidad es la praxis en la que ejercita y degusta su libertad individual. El infiel tiene un libre albedrío y lo hace valer, muchas veces, a contracorriente. De hecho, al mismo Rousseau le gustaba ir contra la corriente. En su obra magistral, El contrato social, señala que el hombre debe consultar su razón antes de escuchar sus inclinaciones y decidir en libertad con base en sus razones y no producto de las inercias.

Las ideas infieles son muy antiguas. Tomas Moro, por ejemplo, en Utopía, escrita en 1516, afirmaba, al hablar de religión, que todos reconocían la existencia de un dios creador del universo, pero que cada quien lo concebía y veneraba a su modo; por lo tanto, cada quien debería tratar de persuadir al otro sin violencia o injuria, ya que nadie puede violar la libertad religiosa individual. John Locke, en la Epístola de la tolerancia, de 1689, y en las Tres cartas sobre la tolerancia, escritas entre los años 1689 y 1692, discurre también sobre el principio de la libertad religiosa.(21) Voltaire, por su parte, en 1762 escribió el Tratado de la tolerancia, en el que formula un alegato a favor de la tolerancia y en contra del dogmatismo religioso.(22)

La infidelidad es heredera, y a su vez continuación, del racionalismo, el respeto a la libertad de creencia, el acatamiento al Estado de derecho y a la democracia liberal. El infiel, además, no sólo destruye, como se le considera, sino que también es poseedor de un gran espíritu constructor. Un infiel, en el sentido que aquí se le analiza, puede impulsar críticas útiles, constructivas y centradas, aunque también mal canalizadas sus inquietudes y críticas puede dar origen a movimientos radicales. Por ello, para evitar la anarquía y la desestabilización política, la infidelidad moderada, centrista y meditada, canalizada pacíficamente, es la más conveniente. La infidelidad radical o violenta producto de las vísceras y la sinrazón puede producir descomposición social e ingobernabilidad.(23)

3.- El Universo del fiel.

Los fieles son los que creen, los seguidores, los estables, los apacibles e "institucionales". Son, además, fanáticos, contrarios al infiel, que es más bien un crítico. Su idiosincrasia está más ligada al dogmatismo, a apoyar los estereotipos y la unanimidad. En consecuencia, es mucho más intolerante a la diversidad y la diferencia de opiniones.

El fiel ha sido sujeto, consciente o inconscientemente, a una alta ideologización, mientras que el infiel ha podido establecer barreras y obstáculos para evitar o evadirla. El fiel es un fanático, que se identifica con intensidad con banderas y colores, que está dispuesto a ceder su "libertad", o incluso su vida, mientras que el infiel ama la libertad y es egoísta. El fiel tiene por lo general una baja autoestima, mientras que el infiel es poseedor de una muy alta autovaloración. El fiel es conformista, mientras que el infiel es atrevido, rebelde y perseverante.

El infiel se hace no nace. Esto implica que los sistemas políticos y los mecanismos ideológicos tienen un papel muy importante en moldear la mentalidad del individuo. Existen diferentes medios, estrategias y métodos para impedir o tratar de incidir para que el ciudadano no sea infiel o que siga manteniéndose en consonancia con el statu quo. Por ejemplo, una gran parte de las acciones de gobierno, las actividades proselitistas de los partidos, la propaganda y las campañas políticas están orientadas a lograr el apoyo de los ciudadanos y, por ende, a evitar la infidelidad del elector.

Los individuos fieles en la política se identifican, más bien, con posturas monolíticas y con concepciones homogéneas o autoritarias. El dogmatismo, los fundamentalismos y los extremismos son el resultado de la fidelidad ciega e, incluso, a veces enfermiza hacia determinadas ideologías, personas o causas. Sin embargo, por más benévola, justa e íntegra que sea la causa, bandera, partido o líder, siempre existirá el riesgo de llegar a la rigidez, al dogma y al fundamentalismo.

Las sociedades homogéneas son generalmente autoritarias, mientras que las heterogéneas o plurales, desde la perspectiva de la política, toleran la disidencia y la oposición. Es decir, toda sociedad heterogénea y de mercado es infiel por naturaleza, está atenta ante la pluralidad y diversidad de alternativas que se le presentan.

La infidelidad sólo se da abiertamente en un sistema democrático. En este sentido, la democracia puede ser definida como un sistema político que permite y crea espacios para la expresión del disenso, donde la tolerancia a la infidelidad es considerada una virtud cívica de cuño y patente democrática y no una desviación individual, debilidad o falta de carácter del Estado. La política puede ser conceptualizada, en la era democrática, como la lucha entre diversos partidos, candidatos o actores políticos por evitar o acrecentar, dependiendo de si se ostenta o no el poder, la infidelidad del elector.

4.- Los indecisos e indiferentes.

En las sociedades democráticas, los indecisos son los individuos más asediados por los fieles y los infieles. Muchas veces, los primeros son sectores mayoritarios. Por ello, su esfuerzo se orienta a tratar de hacerlos conversos y seguidores de sus ideas, aventuras y decisiones. La política no es más que la relación que se establece entre estos actores, en la que se usan símbolos, signos y ritos en la búsqueda de la construcción de mayorías.

Sólo la democracia nos permite la convivencia civilizada de los fieles y los infieles, así como de los indecisos o indiferentes, en una cofradía de intereses diversos y complejos. Sin embargo, la grandeza de los sistemas democráticos es que no sólo tolera a los infieles, sino también a los apáticos y displicentes.

La verdadera libertad radica, entonces, en cambiar de opinión sin ser reprendido e, incluso, en tener el derecho a no tener opinión. Esto implica no sólo el derecho al disenso, sino a formar también parte de una minoría o mayoría silenciosa. Al respecto, Lord Acton (1955) señaló que la prueba más segura para juzgar si un país es en verdad libre es el quantum de seguridad de la que gozan las minorías silenciosas o críticas. Uno de los derechos de los ciudadanos en toda democracia es el respeto de su libertad de elección. El ciudadano puede decidir ser fiel o infiel, leal o desleal y el respeto a esa libertad de elección es el fundamento principal en el que recae todo sistema democrático.

Sin embargo, esta postura tiene que ser atípicamente consecuente, ya que, en su momento, los infieles tendrán a su vez que sufrir alguna o muchas infidelidades. Es decir, el espíritu crítico del infiel, al ser consecuente, debe aceptar ser criticado. Esto implica que en este tipo de sociedades la democracia posibilite, incluso, que los infieles puedan reconsiderar su decisión y opten, si así lo deciden, por regresar su apoyo o lealtad hacia el partido o la plataforma programática que habían creído en el pasado o hacia formulas nuevas.

5.- Los infieles y en este México.

Si se analiza la tercera ola de transiciones a la democracia,(24) nos daremos cuenta de que hoy el mundo está lleno de infieles y "traidores," quienes, en su momento, renegaron de los sistemas autoritarios y totalitarios predominantes en la orbe de los años sesenta a los noventa, y se involucraron, de diversas maneras, en los movimientos democratizadores que iniciaron en 1974 con la "revolución de los claveles" en Portugal. De hecho, la misma alternancia en México, del 2 de julio de 2000, fue posible gracias a la infidelidad del elector, que optó mayoritariamente por una alternativa distinta a la hegemónica en el pasado, lo cual fortaleció la competitividad de los partidos, entonces de oposición, como el PAN y otorgó el respaldo mayoritario a la Alianza por el Cambio.

La transición hacia la democracia ha significado para México, en primer lugar, la "desregulación" del electorado; posteriormente, la formación del mercado electoral y, por último, la intensa disputa del mercado y las lealtades del elector por partidos y candidatos. Sin embargo, la democracia mexicana tendrá aún que enfrentar una serie de desafíos y retos para consolidarse. "Normalizar", por ejemplo, la conversión de ciudadanos fieles en infieles y hacerlo de manera pacífica y civilizada será una tarea mayor. La construcción de la cultura democrática implicará la transformación del ciudadano permeado por un concepto monolítico y de recia lealtad a los paradigmas, líderes y partidos hacia una concepción infiel y relativa de la política. A futuro, la consolidación requerirá el paso de las lealtades electorales a estadios de mayor volubilidad y efimeridad.

De hecho, México se encuentra no sólo ante una transición política, sino también cultural sustentada en la infidelidad de los electores respecto a moldes y prejuicios de antaño. Esto es algo normal, ya que toda democracia pasa necesariamente por el tránsito de los prejuicios y los estereotipos en la política en un estadio de mayor madurez cívica, de la legalidad(25) y tolerancia, en el que se reconocen los derechos del ciudadano de creer diferente a los demás.(26)

Aunque habrá de señalarse que en toda democracia emergente, como la mexicana, la infidelidad es, en una primera etapa, severamente cuestionada por la clase política y la misma sociedad, mientras que en una consolidada la infidelidad es considerada consustancial al grado de madurez e independencia del individuo alcanzada en la política. De esta forma, ser infiel (traidor) en una sociedad en transición es, de cierta manera, inmoral, mientras que en una democracia consolidada ser infiel (disidente) en la política es socialmente aceptado.(27) Sin embargo, poco a poco se entenderá que la transición implica el terminar con la idea de la sociedad homogénea y leal para pasar a la heterogénea o infiel.(28)

No es exagerado decir que las crisis que enfrentan las sociedades en transición tienen que ver, de cierta manera, con el proceso de formación individual y de aceptación social del espíritu infiel del ciudadano, ya que éstas generalmente se debaten entre el dilema de volver al pasado, permanecer con el nuevo statu quo o experimentar otras posibilidades para el futuro.(29)

6.- Sucesión presidencial, estabilidad y democracia.

México se ha destacado por su gran estabilidad política en el siglo XX. Comparado con los países latinoamericanos cuyos sistemas políticos han sufrido múltiples golpes de Estado, México ha logrado sucesiones presidenciales pacíficas y la resolución de las controversias derivadas de la lucha por el poder dentro de un marco institucional que se sostenía en una red de poder, consolidada por una gran lealtad y disciplina de parte de sus miembros. La escisión sufrida por el PRI en 1988 era la única escisión de importancia desde 1929, fecha en la que se funda el Partido Nacional Revolucionario (PNR), precursor del PRI, lo cual constituye un récord nada despreciable. Sin embargo, la transferencia pacífica del poder presidencial tiene poco que ver con la visión negativa que se tiene sobre México y sus procesos políticos, a los que se consideran aún autoritarios.

En el presidente mexicano se puede decir que todavía se concentra la capacidad de aprobación de los candidatos de su partido, desde gobernadores, senadores, diputados federales y locales, hasta presidentes municipales  y de ello proviene el gran poder que se atribuye a la designación presidencial, por el cual se compite y al cual se mantiene “lealtad y disciplina”. El presidente tiene la capacidad de hacer y deshacer carreras políticas, y de distribuir favores y recompensas, creando así un sistema de lealtades enfocado hacia él.

La disciplina de los actores políticos mexicanos había generado respeto por los tiempos políticos pasados. Se acepta que hay un proceso de renovación y se compite por ganar posiciones en cada coyuntura de cambio. El sexenio, el período presidencial de seis años, es en este sentido un valor político fundamental, que ha inhibido procesos de disrupción en la sucesión de administraciones gubernamentales. Los mexicanos tienen la certeza de la temporalidad del gobierno, y de su renovación cada seis años. De esta manera, la sucesión presidencial mexicana se ha convertido en el marco de competencia de los diversos grupos políticos, que históricamente se han configurado como camarillas. 

En el pasado, la interacción entre camarillas le dio al sistema político mexicano una gran solidez y cohesión, si bien, paradójicamente, fortaleció su autoritarismo. Las camarillas, recuperando el valor político del cacicazgo y del caudillismo, contribuyeron con su lealtad y disciplina a consolidar el sistema político. Los miembros de la camarilla le tienen gran lealtad al jefe de la misma y se disciplinan ante sus decisiones o le tenían, tal vez porque son conscientes que el sistema y la camarilla pueden o no pueden retribuir los servicios prestados y hasta los sacrificios sufridos. Aun si ésta fuera la única consideración, es un incentivo bastante fuerte para lograr cohesión política.

El elemento que era sui generis de la política mexicana es que la competencia por el poder se había generado - por lo menos hasta 1988 - dentro de los márgenes gubernamentales y dentro de un solo partido político, con un gran espíritu de disciplina y lealtad por parte de los derrotados. Las camarillas que perdían una competencia electoral esperaban pacíficamente hasta la próxima contienda, mientras trataban de reagrupar fuerzas y conquistar nuevas posiciones políticas, pero siempre con el ánimo que les daba el ser miembros de la gran `familia revolucionaria

Aun cuando no hay estudios definitivos sobre la interacción de las camarillas, se puede percibir que uno de los marcos de competencia más disputados lo constituye el gabinete presidencial. En este espacio el presidente equilibraba las diversas facciones geográficas y sectoriales que compiten por diversas posiciones de poder. Después de la revolución y hasta los 70, los Secretarios de Estado utilizaban su puesto para establecer alianzas políticas y fortalecer posiciones de poder en el país. Este sistema tuvo un efecto autoritario en cuanto a la sociedad, pero de relativa democracia en el seno de la élite política, la cual tenía claras reglas de juego para competir por el poder y reclutaba líderes sociales que así se movilizaban socialmente, aceptando, a cambio, disciplinarse ante las decisiones generadas por un sistema autoritario que recompensaba la disciplina y lealtad. Esto ayudó a asegurar la estabilidad y a funcionalizar la protesta y oposición ante una lógica de poder que daba espacios de poder limitados a la disidencia dentro del marco autoritario.

Este esquema se ha modificado en las últimas dos décadas. El papel del gabinete presidencial se ha distorsionado, hasta convertirse en una especie de cuerpo gerencial cerrado para los amigos y colaboradores cercanos del presidente. Desde el surgimiento de los presidentes "burócratas", el gabinete se ha transformado en un espacio determinado más por un criterio de manejo burocrático, en lugar de continuar siendo un foco de competencia entre grupos políticos. El presidente recompensa la obediencia burocrática y no el mérito político, y el reclutamiento político se ve limitado a la élite económica.

Uno de los momentos que marcan esta transición ocurre cuando el gobierno plantea la descentralización administrativa y el fortalecimiento del municipio durante la administración de José López Portillo. El gobierno creó el Convenio Unico de Desarrollo (CUD), por medio del cual se establecen las transferencias federales a los estados, después de que éstas se negocian centralmente. Esta medida redujo la capacidad política de los secretarios del gabinete presidencial, que solamente administran programas, y debilitó el poder de los gobernadores, que administran recursos transferidos por el gobierno federal.

La política de descentralización, que al transferir poder a los municipios eventualmente reforzaría la democracia, recentralizó el poder en las manos del presidente y del sector financiero del gobierno, reduciendo las posibilidades de democratización; al gerencializar la política, se reforzó el poder de los tecnócratas y se cancelaron canales de competencia política dentro de la élite. La consecuente reducción del papel del gabinete como instrumento de equilibrio de poder entre grupos, y la desestabilización del viejo sistema de poder donde los grupos corporativizados competían por cuotas de poder, dejaron a merced del presidente diversos procesos políticos. Semejante curso de acción debilitó las pautas de reclutamiento de los líderes, redujo las posibilidades de consolidar la apertura democrática y agudizó el autoritarismo. Este proceso causó decepción en los cuadros políticos medios y la oposición empezó a abrirse camino. Lo paradójico es que esto, que bien pudo haber sido el origen de un viraje democrático, acendró la negociación de las luchas electorales y reprodujo un sistema  muy adverso a la simple elección de un candidato. Otro componente histórico que propicio la concentración del poder político fue la política de apertura económica iniciada por Miguel de
la Madrid y el abrazo del neo- liberalismo, que incrementó de manera desmedida la influencia de los empresarios. Este cambio modifico el modelo corporativo desarrollado por el PRI, donde los diversos sectores y segmentos sociales se integraban al partido como componente orgánico del mismo para aglutinar a la sociedad civil y a la sociedad política bajo los designios de una élite política cohesionada. Los presidentes burócratas en su momento le quitan peso al aparato corporativo y generan mecanismos de control extra-partidarios, como el Programa Nacional de Solidaridad (PRONASOL) que inició Carlos Salinas de Gortari y que refiere a incrementar la popularidad y a cohesionar el apoyo popular alrededor del presidente, aun a costa del partido. Este es, tal vez, el primer caso de populismo tecnocrático en el mundo.

Para los presidentes 'políticos" que gobernaron hasta 1970, la política era el arte de guiar a la sociedad bajo el marco de la paz social, aun cuando para lograr ésta se usara la represión extensamente. Este "arte" consistía, entre otros, en negociación, conciliación, cooptación, demagogia, represión y manipulación. La eficiencia podía absorber costos políticos porque la economía crecía, aunque éstos incluyeran la aplicación de lecciones ejemplares al movimiento obrero, como el encarcelamiento, desde 1958 hasta el principio de los 70, de los líderes ferrocarrileros Demetrio Vallejo y Valentín Campa, o las represiones sangrientas del movimiento obrero, campesino y estudiantil, cuando el movimiento de masas intentó salirse de la tutela corporativa.

En contraposición, para los presidentes "burócratas" que llegaron al poder en 1970, la eficiencia es un problema de contabilidad nacional e internacional. Llama la atención la confrontación entre Miguel de
la Madrid y el Fondo Monetario Internacional (FMI), pues mientras el primero demostraba que había conseguido un superávit en el "presupuesto primario", el cual excluía el servicio a la deuda y hacía de México un candidato para mejor trato financiero, el FMI insistía en reconocer el déficit fiscal. La principal preocupación del gobierno era mostrar que el desequilibrio económico era un problema técnico y no de estructura económica. Si el poder de compra desciende, la migración indocumentada hacia Estados Unidos no se frena y la calidad de vida deteriora, no son éstos problemas que deba solucionar el gobierno, porque de eso se encargará la oferta y la demanda; lo que sí debe arreglar el gobierno es la estadística de los indicadores internacionales. La paradoja de esta situación ha sido que los presidentes burócratas se han preocupado de su imagen en el exterior, descuidando la situación política interna.

Las elecciones para gobernador en Guanajuato y San Luis Potosí en 1992 resultarón aleccionadoras. En el primer caso, la protesta por el fraude electoral llevó al gobierno federal a presionar al gobernador electo a renunciar y en su lugar designaron un gobernador interino del Partido Acción Nacional (PAN). En el segundo caso, las protestas por el fraude electoral llevaron al gobernador a tratar de entrar al palacio de gobierno por la fuerza y el gobierno federal lo obligó a renunciar. Paradójicamente, sin darse cuenta, dichas acciones motivaron la participación de la oposición.

La falta de transparencia en la política es una barrera para la democracia, ya que aun los triunfos de cualquier partido  sufren el castigo de la incredulidad. Cada victoria de la oposición sostiene al autoritarismo en lugar de apoyar la democracia. Es por esto que los accidentes democráticos como lo fueron en Baja California y Chihuahua no garantizan nada. Los presidentes burócratas despolitizaron la política y convirtieron a los políticos en gerentes. Esto supone una consecuencia funesta para la democracia, porque excluye de la carrera política a una parte importante del liderazgo político tradicional, reemplazándolo por un sector social asociado a la élite y con una gran insensibilidad para la política de masas. De este modo, los triunfos de cualquier partido no garantizan el inicio de la democracia, en tanto que la concentración burocrática del poder puede destruir el avance democrático en un abrir y cerrar de ojos, y aunado a eso habrá que sumarle la infidelidad política muy de moda.

 

 

 

7.- La abstención electoral.

Otra de las grandes paradojas de la democratización mexicana es que, aun cuando hay diversos partidos políticos, los mexicanos no han optado por volcarse sobre las urnas. Sin ser la abstención electoral un fenómeno únicamente mexicano, puesto que se registra en muchos otros países, hasta ahora no hay una plena solución a ello.

La abstención electoral constituye hasta tal grado un motivo de preocupación, que el discurso político de los partidos se ha concentrado en la lucha contra ella, si bien por distintos motivos. Los estudios sostiene que la causa de la abstención es la constante infidelidad de políticos en uno y otro partido, con el fin de llegar a tener un puesto de elección popular. Lo cierto es que nadie oculta su preocupación por las alarmantes dimensiones que ha alcanzado este fenómeno de negativa. Los políticos, afanados por mantenerse en el poder, son incapaces de leer los deseos de la sociedad y, en lugar de reconocer el descontento social y la alienación del votante, reducen el problema a una falla de información.

La explicación sería, que la sociedad mexicana se abstiene de votar porque en su cultura política sienten que no tienen capacidad de influir, y que el voto no puede generar ninguna ganancia, ni siquiera en el sentido doctrinario de que el voto se puede razonar en base a una ganancia económica. La vieja práctica mexicana de fraude electoral es un factor inhibidor del voto, pues le demuestra al individuo que su participación no produce ningún resultado y que el sistema electoral no es un medio para ejercer influencia. La sociedad se niega a votar, no porque carezca de suficientes opciones ideológicas, sino porque ellas están lejos de garantizar el resultado electoral. De esta manera, la tasa de abstención electoral ha ido en aumento constante.

El hecho que el gobierno federal haya cambiado del PRI al PAN, no es un factor de certidumbre, aún existen problemas de credibilidad, el caso especial de Andrés Manuel López Obrador lo demuestra.  Sin embargo, las persistentes acusaciones de fraude electoral, parecieran atestiguar que el reconocimiento de las victorias son solamente resultado de la poca confiabilidad que el ciudadano tiene de la política e incluso de las propias autoridades electorales.

8.- Una revisión al concepto de deterioro del presidencialismo y su implicación democrática.

El presidente mexicano es el actor político que más poder controla, pero no puede considerarse todopoderoso. Existe una serie de factores que limitan el poder presidencial y que pueden hacer que éste disminuya coyunturalmente en forma drástica, o bien que el deterioro sea paulatino, a lo largo del tiempo.

La estructura política tiene que contender con la modificación que sufren las fuerzas políticas y su interacción en el desarrollo económico. El deterioro del presidencialismo implica que el presidente tenga menor capacidad para subordinar a todos los actores económico-políticos ejemplo  Luis Echeverría después de apoyar a una corriente sindicalista a fin de forzar una apertura sindical, termina reprimiéndolos, forzado por el embate del sindicalismo oficial. José López Portillo sintió la fuerza de los banqueros que habían concentrado excesivo poder y acaba estatizando los bancos. Miguel de
la Madrid, ante la fuerza de la solidaridad espontánea que reemplaza la inmovilidad del gobierno en el auxilio después del terremoto de 1985 en la Ciudad de México, aprovecha la crisis económica para forzar un pacto social que ayuda a frenar la inflación, pero que agudiza la inequitativa distribución de la riqueza y debilita a las organizaciones sociales y políticas ante sus bases.

Carlos Salinas de Gortari aprovechó las modificaciones económicas del sexenio anterior y mino el corporativismo, y el actual Presidente de México Vicente Fox, logro con su estilo porco místico de llevar las riendas del país, propiciar un poco respeto de la figura Presidencial, incluso soportando programas televisivos  de parodia cómica.

De lo anterior se puede presumir que el reto del futuro Presidente no es sencillo, requiere, regresar el respeto a lo que implica ser representante del Ejecutivo Federal y en verdad entre la infidelidad política y el deterioro del Ejecutivo es, detonante aún esto del marcado abstencionismo electoral. 

Los brotes de violencia política motivada por supuestos fraudes electorales se han extendido a buena parte del país. Como consecuencia, el gobierno mexicano no tiene la suficiente base social de apoyo para lograr un argumento que permita credibilidad. Este esquema es arriesgado y pone al gobierno en el filo de la navaja, de tal forma que México puede encontrarse, en el mediano plazo, en la disyuntiva del fin del presidencialismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONCLUSIÓN

En la sociedad democrática moderna ya no predomina el "hombre dogma" o monolítico, sino el "hombre plástico", aquel que es sujeto, por derecho, de cambiar de opinión, de moldear su decisión política, dependiendo de una serie de circunstancias, experiencias, intereses y valoraciones. En este sentido, la democracia es la sociedad de la plasticidad, de la efimeridad y la circunstancia, donde las verdades y las posturas no son eternas, sino fugaces y relativas. Lo único seguro es que nada es seguro, ya que todo cambia.

La democracia supone la existencia del hombre plástico, sujeto de ser persuadido, moldeado y convencido de cambiar de opinión, ya que sólo las sociedades autoritarias o totalitarias se sustentaban en los fanatismos y dogmatismos. El trabajo proselitista de los partidos no es más que un esfuerzo por mantener o cambiar la lealtad del elector; por tratar, por un lado, de hacer infiel al fiel o indeciso o, por otro, convertir en fiel al infiel. Es decir, la democracia implica, de cierta manera, la transición del hombre "roca," fiel, leal, fanático, dogmático, ideologizado y monolítico al hombre "plástico," plural, moldeable y persuadible. De esta forma, la misma política se tendrá que reinventar continuamente a sí misma en escenarios impredecibles.

La relatividad y volubilidad en la política cobran una dimensión importante. Nada es absoluto y eterno, todo es relativo y efímero. Las ideas que hoy aparecen como de avanzada, revolucionarias y modernas, el día de mañana serán consideradas como conservadoras, retrógradas y caducas. Nadie tiene la razón, sino que ésta le pertenece a muchos, y se define con base en el interés político de Estado, de grupo o individual que está detrás de ella.

De todos los sistemas políticos, sólo la democracia se caracteriza por la infidelidad. En ella se respeta el pensamiento alterno y diferente del ciudadano, la pluralidad y la acción deliberativa de sus electores. Esta infidelidad implica, sobre todo, la libertad de decidir; la libertad para construir nuevos futuros u optar por caminos alternativos, con respeto a la decisión soberana del ciudadano.

La democracia presupone el pluralismo de opiniones, preferencias y proyectos políticos, y también que los ciudadanos puedan cambiar de decisión y apoyen o no a diferentes opciones. El mismo Bobbio (1985) refiere que "no vivimos en un universo en el cual algunos grupos, que pueden ser de carácter religioso o político, y por lo tanto ideológico, son los únicos depositarios de la verdad, sino de un multiverso que, contrariamente, se integra por una sociedad compleja de carácter plural". En este mismo orden de ideas, Karl Popper (1945) criticaba el monopolio de la fe y propugnaba por la sociedad abierta.(29)

En fin, la verdadera construcción democrática implicará la transformación del "hombre dogma" en "hombre plástico"; la desaparición del tribalismo y los fanatismos en la política; el reforzamiento de la tradición crítica y deliberativa de la sociedad. La ortodoxia del pasado fue la fidelidad en la política, la del futuro, muy seguramente, será la de la infidelidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FUENTES DE INFORMACIÓN.

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Bobbio, Norberto (1986) El futuro de la democracia. Turín: Einaudi.

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______ (1991) The Third Wave: Democratization in the Late Twenthieth Century. Norman: University of Oklahoma Press.

Karl, Lynn T. (1990) "Dilemas de democratización en América Latina", Foro Internacional, vol. XXXI, núm. 3, México, El Colegio de México.

Kelsen, Hans (1966) I fondamenti della democrazia. Bolonia: II Mulino.

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Montesquieu, Ch. (1977) Del espíritu de las leyes. México: Porrúa.

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Russell, Bertrand (1946) What is Democracy? Phoenix: Lechtworth.

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Spinoza, B. (1950) Epistolario. Buenos Aires: Sociedad Hbraica Argentina.

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Voltaire (1984) Tratado de la tolerancia. Barcelona: Grijalbo.

Weber, Max (1961) Economía y sociedad, 2 vol. Milán: Comunita.

Notas

1) Aquí el término infidelidad se usa en un sentido sociológico, que implica la libertad del ciudadano de disentir respecto de lo hegemónico o mayoritario para optar por caminos distintos y crear nuevos escenarios o tendencias políticas.

2) La infidelidad en el amor, en la política y en las relaciones mercantiles, por señalar algunos, son socialmente criticadas, ya que el infiel es considerado inseguro, inmaduro, desleal, impuro o perturbado.

3) Véase Lexipedia, Diccionario enciclopédico (1998), México, Británica.

4) La palabra fiel se usa en el ámbito religioso para referirse a los creyentes o seguidores, aquellos que creen y guardan devoción a alguien o algo.

5) No se trata de hacer una apología a la infidelidad ni pugnar por el individualismo extremo, sino de ubicar en su real dimensión la importancia de pensar y atreverse a ser diferente en el proceso de cambio y modernización política. De hecho, ubicado en perspectiva el progreso ha sido, en parte, producto de los esfuerzos y atrevimientos de los hombres infieles quienes han optado por caminos alternativos o diferentes.

6) De cierta manera, la Ilustración y el Renacimiento, así como la Revolución francesa, iniciada en 1789, fueron movimientos infieles en la búsqueda de la libertad religiosa y la política.

7) Al respecto, el mismo Tocqueville expresaba que la tiranía de las mayorías es una opresión al pensamiento.

8) En este sentido, debe haber claridad de que toda convivencia democrática se sustenta en un compromiso representativo del consenso y el disenso.

9) Alain Touraine (1998) señala que el ideal democrático afirma que todos somos diferentes, pero que cada uno a su modo nos esforzamos por conjugar libremente en nuestra experiencia de vida actividades técnicas y económicas comunes a todos con la particularidad de la identidad personal y colectiva.

10) Ejemplos de intolerancia existen muchos en la historia. Por mencionar algunos, se puede hablar de la Inquisición, la segregación racial de la población negra de Norteamérica antes de los años sesenta, los campos nazis durante la segunda guerra mundial, o el trabajo forzado en Siberia durante el régimen de Stalin.

11) La Reforma fue un gran movimiento religioso y social de profundas consecuencias encabezada por Martín Lutero, que criticó la organización y dogmas de la Iglesia católica. Lutero fue excomulgado por el papa y condenado por hereje en la dieta de Worms.

12) Copérnico es el padre de la moderna astronomía. Sus conceptos heliocéntricos significaron una verdadera revolución intelectual al criticar los dogmas de la antigüedad.

13) Dahl (1993) cree que para que se dé la democracia se deben presentar, al menos, los siguientes requisitos: el ciudadano debe tener la oportunidad de formular y manifestar sus preferencias, así como recibir igual trato por parte del gobierno en la ponderación de éstas.

14) La democracia implica la tolerancia a los infieles, aunque es mucho más que eso. De acuerdo con Schumpeter (1947), el método democrático es la sagacidad institucional para llegar a decisiones políticas en la que algunas personas adquieren el poder de decidir por medio de una lucha competitiva por el voto popular.

15) Por lealtad electoral se entiende la identificación o simpatía que tiene el ciudadano con una opción política o ideológica, generalmente representada por una opción partidista y el apoyo que éste otorga en momentos electorales.

16) Para Spinoza, la libertad era la perfecta racionalidad; para Leibniz, la espontaneidad de la inteligencia.

17) Al respecto, Madison en el Federalista decía que las democracias han ofrecido siempre el espectáculo de turbulencias y disidencias.

18) En términos de Thomas Kuhn (1976), podemos hablar de la crisis del viejo paradigma y el nacimiento del nuevo ante la presentación de hechos anómalos que no pueden ser explicados con los viejos conocimientos o teorías.

19) Kant, en la Crítica de la razón pura, apuntaba que la autonomía, que da valor al individuo persona, es la definición de la libertad moral y de nuestra libertad interior.

20) El infiel nace, muchas veces, ante la crisis del paradigma o ante el debacle de liderazgos dominantes.

21) Véase Isidro H. Cisneros, Tolerancia y democracia, México, IFE-Cuadernos de Divulgación Democrática, núm. 10, 1996.

22) Recuérdese que no fue sino hasta el siglo XVI cuando en Europa se inicia la tolerancia hacia los impuros y herejes, ya que antes se les castigaba con la muerte.

23) En este sentido, el vértigo de la democracia no nos debe llevar a confundir los verdaderos alcances y reales potencialidades de la infidelidad, la cual, mal entendida o radical, puede llevarnos también a la construcción de escenarios peligrosos e inestables que pueden ser aprovechados por los fieles para imponer regímenes intolerantes.

24) Véase Samuel Huntington (1991).

25) Sobre la legalidad, Montesquieu (1748) señalaba que la libertad es el derecho de hacer todo aquello que las leyes permiten. Aristóteles, por su parte, decía que somos libres cuando obedecemos a leyes y no a patrones, mientras que Kelsen (1966) apuntaba que una democracia, sin aquella autolimitación que representa el principio de la legalidad, se autodestruye.

26) Es importante mencionar que en un sistema democrático, el tolerante debe rechazar conscientemente la violencia como medio privilegiado para obtener el triunfo de sus ideas y subordinar a los demás a su propia concepción. En este sentido, no son compartibles los medios violentos con la democracia para asumir el poder.

27) Sin embargo, en la misma democracia tanto la clase política como los ciudadanos, más temprano que tarde, tendrán que evolucionar para considerar la infidelidad ya no un defecto en la política, sino una virtud cívica de alto valor humano.

28) Ahora bien, en una sociedad pragmática, como en la que estamos viviendo, la fidelidad está ligada a resultados concretos, a ventajas precisas y beneficios tangibles, de ahí que la constitución de mayorías electorales y estables está ligada a políticas públicas y acciones de gobierno percibidas como benéficas, a corto o largo plazo, para la población.

29) Popper decía, además, que los individuos deben cuestionar la autoridad, poner en duda lo que habían dado por sentado y asumir responsabilidades por sí mismos y por los demás.